Viernes 13:30… últimos minutos en el trabajo. Firmo la orden de salida, últimas palabras y me voy hacia la Estación Central. Me subo al tranvía y empiezo a calcular con cuidado el tiempo y a pelear con mi yo glotón sobre si pasar por McDonalds para comprar algo o no… Logro vencerlo, porque según mis cálculos a ojo quizá ni siquiera llegaría a la estación a las 3:15, que era la hora a la que había quedado con el compa Irzhi.
Por supuesto, mis cálculos a ojo no fueron nada exactos… llegué casi 40 minutos antes… En ese momento mi yo glotón (al que de aquí en adelante, para abreviar, llamaré Cerdito) empezó a machacarme: “¡Podías haber pasado a comprar algo de comer, ¿no?!”. Tras unas cuantas maldiciones dirigidas a Cerdito, entré a la estación y me quedé de piedra… “¡Carajo! ¡Nunca había visto tanta gente en esta estación!”. Estaba más lleno que… no sé qué… era un apretujadero 🙂. Vi que no había lugar en las bancas, salí y me senté en las escaleras bajo el reloj. Le mandé un mensaje a Ivan diciéndole que aquello era un manicomio, y recibí la instrucción de comprar los boletos de inmediato :).
Volví a entrar y fui directo a las taquillas pequeñas… pasé rapidísimo. Normal, claro, porque solo había 2 o 3 personas antes que yo, mientras que en las otras taquillas era una locura. Compré los boletos, por supuesto con asiento, y de nuevo me puse a esperar afuera. Ivan llegó hacia las 15:40, porque el transporte público, por su parte, es gente mala, igual que los taxis 🙂, y nos quedamos esperando en el tablero a que anunciaran dónde se formaría nuestro tren. Ahí estamos, esperando, esperando… ya son las :50… y todavía ninguna información… En ese momento estábamos en modo “pues ya qué”, junto con el resto de la estación.
En un momento dado empiezan a anunciar por el sistema de sonido (o como se llame eso) qué tren está dónde, y vemos cómo toda la estación se lanza en estampida hacia los andenes…
Tras empujones, codazos y pisotones que habrían hecho chasquear la lengua a los jugadores de los equipos de fútbol americano, llegamos al andén y empezamos a buscar nuestros asientos. Aquí el vagón 12, allá el vagón 12… zas, recorrimos el tren entero y llegamos al vagón. Nos metimos rápido, porque eran las 15:58 y esperábamos que el tren arrancara en cualquier momento, y adentro… ah, adentro… Adentro había que ser un microbio para colarse o un superhombre para empujar a la gente que se agitaba frenéticamente por los pasillos. Menos mal que nuestros asientos estaban en el 2.º compartimento y no por la mitad, porque había una posibilidad real de acabar en una escena de “Contacto sangriento X”.
Al final nos acomodamos y esperamos a que el tren partiera. A los dos minutos, más o menos, llegan unos viejitos con asientos reservados en nuestro compartimento y echan rápidamente a los “intrusos” (aunque los conocíamos, pero… el destino). Por desgracia, las 2 pesadas abuelitas de Berkovitsa se quedaron… todos se acomodaron y empezamos a esperar a que saliera el tren.
Por supuesto, en ese rato reconozco a uno de los ancianos, que hasta hace unos años vivía junto a nosotros. Él, en cambio, no me reconoce… se ve que la demencia hace de las suyas 😀
Me saltaré la mayoría de los detalles porque son tantos que cuesta recordarlos, pero mencionaré uno que de verdad me hizo morir de risa:
…
– ¡Oye, él se toma el café todas las mañanas donde la tía Vatsa!
– ¿La tía Vatsa?
– ¡Sí, hombre! En las tazas dizque dice tía Vatsa, y a lo mejor resulta que es lavAzza
…
Y así durante 4 horas enteras de humor de viejitos, que por momentos “te desgarra el diafragma y te bajas en Septemvri (la estación) para que te trasplanten uno nuevo”.
Al final llegamos a Montana con una hora de retraso, pero una hora que pasó volando 🙂 Por eso, si viajan en un compartimento lleno de ancianos y hay al menos 2 abuelitos, no se lamenten: la fiesta está garantizada 😀