
En un viaje reciente fuimos a las montañas. Era un lugar bonito y apartado. Solo unas pocas casas y un restaurante. Junto a un lago artificial o presa abandonada.
Los mosquitos y el calor fueron nuestros enemigos mortales, pero logramos arreglárnoslas.
Como no había mucho que hacer por ahí, tuvimos que improvisar actividades. Por suerte, mi hijo se topó con una piedra rectangular grande y le fascinó llevarla de un lado a otro. A mí también me fascinó.
Cada lado tenía una textura distinta, como si fueran lijas de diferentes tipos.
También teníamos un montón de ramas viejas que se habían caído de los árboles de los alrededores.
Después de pensarlo detenidamente durante unos segundos, empezamos a explorar el maravilloso mundo de sacarle punta a los palos.
¡Uno de los palos quedó igualito a un lápiz! Tenía un agujero del tamaño perfecto para meter un trocito de grafito de un lápiz de verdad, ¡y funcionó!
Dibujamos con él en el suelo y fue increíble.